domingo, 14 de agosto de 2011

Cándida (la madre)

Escuchar la palabra fumar producía tal efecto en Cándida que se le desencajaba la cara y los saltones ojos parecían querer escapar de las órbitas; de repente comenzó a lanzar improperios, a cual más fuerte, algo poco frecuente en ella.

La dependencia del tabaco de Benito —el padre de Baldo—fue incorregible. Su mujer le advertía, hasta la saciedad, de que el tabaco le llevaría a la tumba; pero él, terco como una mula, no consintió en dejarlo ni cuando sus pulmones, llenos de carbonilla, protestaron. El ahogo lo llevó a visitar al médico; tras una serie de pruebas le diagnosticaron cáncer de pulmón. Durante los tres meses que le quedaron de vida,  los reproches de Cándida no cesaron y Benito, con santa paciencia, callaba y se escondía en el cuarto de baño para seguir fumando ante la desesperación y rabia de su mujer, que lo veía consumirse día a día como un pajarito, sin poder hacer nada contra aquella adicción. Nunca le perdonó que segundos antes de morir, después de llevar una semana sin poder levantarse de la cama, le pidiera que le encendiera un cigarrillo; una última calada que llevarse al infierno.


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La otra Cándida pero con cosas en común:

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